No soy la típica dermatóloga.
Aunque, pensándolo bien, creo que nunca he sido demasiado típica en nada.
Nací en un pequeño pueblo de Dinamarca y terminé viviendo en Málaga, donde llevo más de veinte años.
Aquí construí mi vida, mi familia y mi carrera como dermatóloga.
Y fue precisamente ejerciendo la medicina cuando empecé a interesarme por una visión más amplia y más humana de la salud.
Al principio de mi carrera empecé a interesarme por un enfoque más global de la salud y la enfermedad. Quería entender mejor qué había detrás de muchos problemas que veía en consulta, pero en aquel momento apenas encontraba referentes que integraran esa visión.
A veces sentía que estaba poniendo “parches” y yo empezaba a sentir que podía hacer más por mis pacientes.
Durante meses tuve molestias intestinales importantes. Me hicieron pruebas de todo tipo y todas salían normales. Recuerdo perfectamente cuando un digestivo me dijo: “es estrés”.
Y probablemente tenía razón.
Estaba viendo muchísimos pacientes, tomando decisiones rápidas constantemente y viviendo un ritmo que mi cuerpo empezó a no tolerar bien, a la vez que tenía dos hijos pequeños en casa.
Aquello fue un punto de inflexión.
Empecé a cambiar cosas en mi vida y nació un interés mucho más profundo por la nutrición, el ejercicio, el descanso y el estilo de vida.
Y si durante años había convivido con él sin darle demasiada importancia, ya como adulta y dermatóloga empezaba a convertirse en algo profundamente frustrante.
Aunque sabía perfectamente qué medicación podía utilizar, soy una persona bastante testaruda y durante mucho tiempo intenté entender qué estaba pasando antes de recurrir directamente a ella.
Probé muchos enfoques distintos. Medicina china, acupuntura, cupping y diferentes cambios en la alimentación, incluyendo épocas en las que añadía judías mungo y cebada varias veces al día para intentar aliviar el “calor”, según la medicina tradicional china, o seguía una dieta antihistamínica recomendada por un especialista en PNI.
A veces sentía cierta mejoría. Otras veces me frustraba al no ver resultados y volvía a las cremas medicamentosas o, en algunos momentos, a la medicación oral.
Y honestamente, todo ese proceso me enseñó muchísimo.
Una disciplina que despertó muchísimo mi interés porque conectaba muchas piezas que llevaba años intentando entender.
Decidí formarme más profundamente e hice un máster en PNI para poder ayudar mejor a mis pacientes — y también para entenderme mejor a mí misma.
Como dermatóloga, evidentemente me limito a la medicina basada en evidencia y al sentido común.
Pero como persona siempre he sido muy curiosa y me gusta experimentar, porque creo que la piel no existe aislada del resto del cuerpo.
Y porque muchas veces los problemas de la piel pueden ser una señal de que algo más necesita atención.
En ese camino también empecé a interesarme más por la formulación cosmética y por ciertos ingredientes que, aunque ampliamente utilizados, personalmente prefiero evitar cuando no los considero imprescindibles.
Y como apenas encontraba productos que realmente encajaran con mis criterios, decidí crear mi propia marca.
Creé esta línea porque quería formular productos con el mismo criterio que aplico en consulta y en mi propia piel.
Sin exceso. Sin ruido.
Y precisamente porque en consulta muchas veces no da tiempo a profundizar en todas las cosas que pueden influir en el acné adulto, decidí crear un programa de seis semanas donde comparto un enfoque global y basado en evidencia sobre piel, alimentación, hormonas, estrés y estilo de vida.
4,9/5 en Doctoralia basado en 294 opiniones
“Muy profesional. Explicación muy clara durante la consulta.”
“Muy buena profesional y muy amable. Llevo muchos años acudiendo a su consulta.”