Cuando empecé a formular mis propios cosméticos, había una decisión que tenía clara desde el primer día.
No llevarían perfume.
Puede parecer una decisión poco importante. Al fin y al cabo, el perfume hace que una crema resulte más agradable de utilizar. Pero, desde mi punto de vista como dermatóloga, la pregunta relevante no es si un cosmético huele bien.
La pregunta es otra:
¿Qué aporta realmente ese ingrediente a la piel?
En el caso del perfume, mi respuesta es muy sencilla.
Nada.
El primer motivo: las alergias
Si le preguntas a cualquier alergólogo o dermatólogo cuál es una de las causas más frecuentes de dermatitis alérgica de contacto provocada por cosméticos, es muy probable que mencione los perfumes.
Y por ese mismo motivo tampoco utilizo aceites esenciales.
Aunque muchas personas los asocian con algo «natural», la realidad es que también son una de las causas más frecuentes de alergia de contacto en la piel.
La sensibilización al perfume no aparece necesariamente desde el primer uso. Puede desarrollarse con el paso del tiempo, y una vez que existe, suele acompañar a la persona durante toda la vida.
Por eso, cuando puedo evitar un ingrediente con capacidad sensibilizante sin perjudicar la eficacia del producto, prefiero hacerlo.
El segundo motivo: lo que no sabemos
Las fragancias pueden estar formadas por decenas o incluso cientos de sustancias diferentes.
Y hay un detalle que muchas personas desconocen: no tenemos derecho a saber exactamente cuáles son.
La composición de un perfume está protegida como secreto comercial.
Además, sabemos que algunas fragancias pueden contener ftalatos, sustancias sobre las que existen importantes dudas por su posible efecto como disruptor endocrino.
No significa que todos los perfumes los contengan ni que el uso de un cosmético perfumado vaya a causar un problema.
Pero, para mí, la pregunta sigue siendo la misma:
¿Qué beneficio aporta ese ingrediente a la piel?
¿Por qué añadir algo que no aporta nada a la piel?
El perfume tiene una función muy clara: hacer que el producto resulte más agradable, que disfrutes más aplicándote la crema.
Y me parece perfectamente respetable que haya personas para las que eso sea importante.
Para mí no lo es.
Por eso mis productos no llevan perfume. Porque, para mí, sus posibles inconvenientes pesan mucho más que sus beneficios.
¿Significa eso que mis productos no huelen?
No.
Los ingredientes tienen su propio olor.
Si has probado mi Triple Power Antioxidant Serum, probablemente habrás notado un aroma muy característico.
No es un perfume. Es el olor natural del ácido ferúlico, uno de sus principales ingredientes activos.
Estoy segura de que habrá personas a las que no les encante, y me parece perfectamente normal. Pero no voy a añadir un perfume para ocultarlo, porque hacerlo iría en contra de la filosofía con la que formulo todos mis productos.
Una forma de formular basada en un principio muy sencillo
Como médicos aprendemos una frase en la universidad que me ha acompañado durante toda mi carrera:
Primum non nocere.
Lo primero es no hacer daño.
Ese principio también guía mi forma de formular cosméticos.
Si un ingrediente no aporta ningún beneficio para la piel, puede conllevar riesgos y además puedo evitarlo… ¿por qué añadirlo?
Personalmente, no necesito que una crema huela a flores para disfrutar utilizándola.
Prefiero que huela a sus propios ingredientes.
Prefiero que un cosmético huela a lo que realmente es.
Aviso importante
Este contenido tiene una finalidad informativa y se basa en la evidencia científica disponible hasta la fecha. No sustituye la consulta médica personalizada. Para recomendaciones adaptadas a cada caso concreto, consulte con un profesional sanitario de confianza.





