En dermatología, estamos acostumbrados a observar la piel, identificar lesiones y buscar el tratamiento adecuado. Y, por supuesto, esto es fundamental.
Pero la piel no está aislada del resto del organismo.
En muchas ocasiones, comprender lo que está ocurriendo en la vida de una persona puede ayudarnos a entender mejor el contexto en el que aparece o empeora un problema dermatológico.
Un caso que me hizo reflexionar
Hace unos días atendí a un paciente que consultaba por múltiples placas de eczema. Mientras le retiraba unos fibromas que le molestaban, aproveché para preguntarle un poco más sobre cómo se encontraba.
La conversación reveló algo que no era evidente al observar su piel.
Llevaba tiempo viviendo con una sensación constante de culpa y malestar. Se responsabilizaba de los sentimientos de otras personas y de situaciones que realmente no dependían de él.
En un momento de la conversación me dijo:
«Pago mis facturas, cuido mi casa… Nadie ve que en realidad estoy al borde del abismo.»
Su problema dermatológico era real y necesitaba tratamiento. Pero también había otra parte de su situación que necesitaba ser atendida.
Y esto me recordó por qué creo que, en dermatología, es importante mirar un poco más allá de lo que vemos.
La piel y el estrés están relacionados
Esto no significa que enfermedades como el eczema, la psoriasis, el acné o la rosácea estén «en nuestra cabeza».
Son enfermedades reales, con múltiples factores implicados, y necesitan un diagnóstico y un tratamiento adecuados.
Sin embargo, existe una relación bidireccional entre la piel y nuestro estado psicológico. El estrés y otros factores psicológicos pueden influir en mecanismos relacionados con la inflamación y la función de la barrera cutánea. Al mismo tiempo, una enfermedad visible de la piel puede afectar a la autoestima, el estado de ánimo y la calidad de vida.
Por eso, cuando atiendo a una persona con un problema inflamatorio de la piel, no solo me interesa saber qué ocurre en su piel.
También me interesa saber cómo está esa persona.
Nuestros pensamientos también forman parte de la historia

Existe además otra dimensión que considero especialmente importante: nuestra conversación interna.
Todos tenemos pensamientos recurrentes sobre nosotros mismos:
- «Soy un desastre.»
- «No soy suficiente.»
- «Soy demasiado tímida.»
- «No valgo si no tengo esto.»
Cuando llevamos muchos años repitiéndonos las mismas cosas, podemos llegar a pensar que esos pensamientos son simplemente parte de nuestra personalidad.
Pero no necesariamente lo son.
Me gusta explicarlo como una especie de software que hemos instalado a lo largo de los años.
Y, de la misma manera que actualizamos el software de nuestros dispositivos, también podemos revisar algunas de las ideas que hemos aprendido sobre nosotros mismos.
Tener un pensamiento no significa que ese pensamiento sea verdad.
Mirar más allá de la piel
Por supuesto, un problema dermatológico debe ser diagnosticado y tratado.
Pero también puede ser útil preguntarnos qué está ocurriendo más allá de la piel:
- ¿Cómo me encuentro realmente?
- ¿Estoy atravesando una época especialmente difícil?
- ¿Hay algo que llevo demasiado tiempo soportando?
- ¿La forma en la que me hablo a mí mismo está contribuyendo a cómo me siento?
Y, cuando sea necesario, buscar ayuda profesional.
Un psicólogo no sustituye al dermatólogo, del mismo modo que un dermatólogo no sustituye al psicólogo. Son profesionales diferentes que pueden formar parte del cuidado de una misma persona.
Creo que algunas de las cosas que nos ocurren pueden servir como una oportunidad para parar y mirar hacia dentro.
No siempre podemos cambiar nuestra situación, pero sí podemos trabajar en cómo nos relacionamos con ella.
Donde va tu foco, va tu energía. Úsalo a tu favor.
Dr. Sara Simonsen
Aviso importante
Este contenido tiene una finalidad informativa y se basa en la evidencia científica disponible hasta la fecha. No sustituye la consulta médica personalizada. Para recomendaciones adaptadas a cada caso concreto, consulte con un profesional sanitario de confianza.





